¿Qué harías si solo tú pudieses escuchar

La civilización ya no existe.
Los recursos naturales se han agotado.
Apenas queda agua dulce en la superficie del planeta.

Las antiguas ciudades se han convertido en siluetas aterradoras
que se perfilan en la suciedad y el polvo que ensucian el aire.

En las montañas de Fantra, un hombre puede escuchar el lamento de la Tierra
y sentir la enfermedad que la consume.

La necesidad de comprender su don le llevará a convertirse en nómada
y recorrer los caminos de la estepa para desvelar la verdad que oculta el mundo.

Recuerda, siempre hay un reencuentro.

Hace incontables inviernos, los precursores desaparecieron de la faz de Ággar.

El mundo enfermó, el agua dulce comenzó a filtrarse por la corteza de la tierra y la naturaleza se marchitó. El latido del planeta, que durante tanto tiempo había latido con fuerza, se volvió trémulo y débil.

Ággar se convirtió en una estepa sin fin. El cielo se cubrió de polvo y ocultó las estrellas.

Algunos días, cuando el viento sopla con fuerza y consigue abrir ese manto de suciedad que contamina el aire, pueden verse los restos del antiguo mundo, que, con el tiempo la superstición de los caravaneros y otros esteparios, han terminado llamando las Montañas Huecas.

En el corazón mismo de la Estepa, en las montañas que limitan la gran Meseta de Fantra, vive un hombre con un don muy especial.

Puede escuchar el latido moribundo de Ággar, y también las voces de los que vivieron antes que él y no pudieron abandonar la Estepa.

Estas voces y una enorme pérdida le llevarán a comenzar un peregrinaje para buscar el mismo corazón de Ággar y, quizá, encontrar una cura al mal que lo consume.

Esta es la historia del Nómada de Ággar y de todos aquellos que se cruzaron en su camino. Y, por supuesto, también del perro.

¡Hola! Soy Álvaro Escudero: madrileño de nacimiento y un ciudadano más del mundo. 

Viajero por naturaleza, friki por diversión y escritor por vocación. 

Aspiro a ser esa clase de personaje de cómic con doble identidad. Durante el día vivo una vida completamente normal: trabajo de programador, viajo en metro, ordeno mi casa y juego a videojuegos. 

Pero por las noches, o en cualquier otro momento del día en el que encuentro un respiro, doy rienda suelta a esas vocecillas que me llenan la cabeza y me suplican que las deje formar parte de una hoja en blanco.